sábado, 16 de junio de 2012

El Acta de Cartago e Iturbide: 29 de octubre de 1821


 

Dr. Juan Rafael Quesada Camacho
Historiador






Poco antes de conocerse en Costa Rica los sucesos acaecidos en septiembre de 1821 en Guatemala, Juan Manuel de Cañas, último gobernador de la provincia de Costa Rica, y enemigo acérrimo de la independencia, expresaba la certeza de que tarde o temprano se levantaría el grito de la independencia. Por eso se hacía partícipe del criterio del Capitán General de Guatemala, Gabino Gaínza, de que ponerse a la sombra del General Iturbide (Augustín) era el último recurso que quedaba para mantener la integridad de la monarquía española, para lo cual, él, Cañas, estaba dispuesto hasta derramar la última gota de sangre.

Ponerse a la sombra de Iturbide significaba, en esa coyuntura, aceptar los términos del Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de 1821, por Agustín de Iturbide, el cual decretaba la independencia de la Nueva España, pero a la vez establecía un imperio, cuyo trono se ofrecería a Fernando VII –el mejor de los reyes, según decían los cartagineses a mediados de 1821- o en su defecto, a un príncipe español (Iturbide se proclamó emperador en mayo de 1822).

Por su parte, los leoneses (Diputación de León, Nicaragua) estaban más preocupados por distanciarse (protegerse) de Guatemala, que por emitir gritos de independencia. Ejemplo de ello es el conocido Bando de León o Acta de los Nublados, del 28 de septiembre de 1821, el cual era radical al declarar: la absoluta y total independencia de Guatemala, que se ha erigido en soberana. Y a renglón seguido acordaba la independencia del Gobierno Español hasta tanto se aclarasen los nublados del día… ¿Quería decir hasta que fuese restaurado Fernando VII?

No es de extrañar, entonces, que los españolistas o enemigos de la independencia propiciaran, en Costa Rica, la adhesión a León (sede de la Diputación Provincial), o al imperio mexicano. Esta disparidad de ideas dio origen, como es sabido, a la división entre imperialistas y republicanos.

Se debe tener presente que el 1 de octubre de 1821, Iturbide comunicó a Gaínza, que para que pudiese mantener su independencia de España, las provincias del Reino de Guatemala debían unirse a México.  Para garantizar esa condición él enviaría un ejército protector a Guatemala, lo que hizo efectivo el 12 de junio de 1822 (Ejército del general Vicente Filisola).

Es a la luz de ese contexto, que debe analizarse el Acta del 29 de octubre de 1821. En esa fecha, en Cartago, presidido por el mismo gobernador Juan Manuel de Cañas, con la presencia, casual, de legados de otros ayuntamientos, convocados para otro propósito.  

Es incuestionable que esta Acta no determina, de ninguna manera, la independencia de la provincia de Costa Rica. Es de carácter local, producto de una reunión del ayuntamiento de Cartago. Además, los miembros de otros ayuntamientos ahí presentes no tenían la debida legitimidad para decidir sobre la materia que versaba esa Acta.  Tanto es así que las poblaciones de San José y Alajuela –republicanas- no le dieron ninguna validez a lo acordado en Cartago.  El caso de Heredia es aparte, pues era más imperialista que Iturbide.

Lo fundamental, sin embargo, es que el Acta del 29 de octubre de 1821 de ninguna manera enarbolaba la independencia, pues se decretaba la independencia de España, para, inmediatamente, anexarse al imperio mexicano.  Es decir, esa decisión debe interpretarse como fiel cumplimiento de la estrategia sugerida por Gaínza a Cañas: ponerse a la sombra de Iturbide como último recurso para mantener el despotismo teocrático. ¿Es esa una declaración de independencia?

Mientras eso ocurría en la bucólica y soñolienta provincia de Costa Rica, Fernando VII seguía conspirando en España, para volver al trono en los términos anteriores a la Constitución de Cádiz.  Eso finalmente lo logró, cuando el 7 de abril de 1823 los cien mil hijos de San Luis cruzaron la frontera de los Pirineos.  Paradójicamente, producto de la tercera invasión francesa en España, en treinta años, Fernando VII fue restaurado como gobernante absoluto.  Poco tiempo antes Agustín de Iturbide era vencido por los que enarbolaban el grito de la independencia que tanto asustaba a Juan Manuel de Cañas.  Y sin que esa noticia se conociera en Costa Rica, aquí tenía lugar la Guerra de Ochomogo –primera guerra civil- la cual puso punto final a los deseos de los imperialistas, nostálgicos del antiguo régimen.

Desafortunadamente no se puso punto final al localismo ni al espíritu de campanario (fuertemente tradicionalista, localista y cerrado) de aquellos que en 1813 recibieron el título de la más noble y leal ciudad, es decir, un premio al vasallaje.  

Definitivamente, el Acta del 15 de septiembre de 1821 no es una declaración de independencia. Pero no hay ninguna duda de que desencadenó un proceso liberador, de que inflamó las ansias de libertad, de que acabó con la sombra de Agustín de Iturbide.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.