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La política norteamericana hacia América Latina y el Caribe

Desde finales del siglo XIX hasta principios del Siglo XXI

Marvin Carvajal Barrantes, Costa Rica

Julio del 2010

“…los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar a la América española de miserias en nombre de la libertad….”
Simón Bolívar

“…quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve… El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios.”
José Martí

“el ALCA, en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos impuestos por Estados Unidos conducen inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos.”
Fidel Castro

El propósito del presente ensayo es evaluar los aciertos y desaciertos de la política exterior estadounidense hacia América Latina y El Caribe desde el siglo XIX hasta principios del siglo XXI en el marco de imposición de sus intereses hegemónicos y geoestratégicos.

La política exterior estadounidense hacia América Latina y la región Caribe no alteró su esencia clasista y los requerimientos estratégicos durante el lapso objeto de estudio que le eran necesarios, para el mantenimiento de sus intereses hegemónicos, los que eran presentados o disfrazados como intereses de “seguridad nacional.

Desde el nacimiento de la doctrina Monroe, en 1823, los Estados Unidos evidencian sus aspiraciones hegemónicas en el hemisferio americano, invocando supuestos intereses comunes de seguridad con América Latina y el Caribe, cuyas amenazas provenían, primero, de la presencia europea, después los países comunistas, más tarde, los Estados y movimientos terroristas, mediante la presunta defensa de la “seguridad nacional” (Borroto, 2008b, p. 16).

Juan Rafael Quesada, historiador costarricense señala que

…la teoría del Destino Manifiesto, elaborada por John L.O´Sullivan, sintetizaba la convicción de que es nuestro destino manifiesto [de Estados Unidos] esparcimos por todo el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos. Este país conquistará o se anexará todas las tierras…el expansionismo territorial estadounidense se justificaba también, por medio de una interpretación acomodaticia de la Teoría del derecho natural, al postular que la causa de los Estados Unidos era la causa de toda la humanidad. Si eso era así, sus guerras eran justas, por lo tanto sus conquistas eran válidas (Quesada, 2006, pp. 22-24).

Los Estados Unidos, durante las últimas décadas del siglo XIX, experimentaron cambios estructurales importantes en su economía, transformándose de un país eminentemente agrario en uno industrial.

El incremento de la producción manufacturera impulsó la demanda de materias primas y combustibles, una parte de los cuales buscaría satisfacerse en los países de América Latina y el Caribe.

Aunque las relaciones económicas entre los Estados Unidos y algunos países de América Latina ya se venían expresando con anterioridad al fin de la Guerra Civil (1860-1861), su conclusión le otorgaría un impulso adicional a las fuerzas políticas más inclinadas al expansionismo hacia la región (Fernández, 2004, p. 2 ).

En 1899 las exportaciones de los Estados Unidos hacia América Latina ascendían a 106 millones de dólares, representando el 8.6% de sus ventas a todo el mundo.

Es por ello que se impulsó una política exterior que se denominó panamericanismo, con características imperialistas, dirigida a la dominación de los Estados Unidos en toda América.

Un acontecimiento trascendente que evidenció los intereses de los Estados Unidos en la región fueron los esfuerzos por construir una vía interoceánica por Centroamérica. Esta obra era de vital importancia para la expansión del comercio de los Estados Unidos proveniente de los puertos del Atlántico con los del Pacífico. Para la realización de esa obra existía inicialmente el obstáculo del Tratado Clayton Bulwer de 1850, que establecía que todo canal ístmico construido por los Estados Unidos o Inglaterra tendría que ser controlado de forma conjunta (Ibidem, pp. 3 – 5).

El interés por la construcción de un canal interoceánico en Centroamérica y por el control de las rutas comerciales en América Latina, generó conflictos entre Inglaterra y los Estados Unidos (potencias comerciales en expansión), lo que provocó, a su vez, conflictos limítrofes entre sus aliados, Costa Rica y Nicaragua respectivamente.

Es a partir 1849 que las potencias formalizan su interés en la construcción de un paso (Vía del Tránsito) por el río San Juan, para comunicar el Océano Atlántico con el Pacífico, debido a lo rentable que resultaba el transporte fluvial. Inglaterra y Estados Unidos se acercan a sus representantes en Centroamérica, los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua respectivamente, para gestionar sus pretensiones.

El conflicto entre ambas potencias inicia cuando los gobiernos estadounidense y nicaragüense propician el primer tratado de canalización de la ruta. Se garantizaba la soberanía de Nicaragua en la ruta, además de que la compañía encargada (The Atlantic and Pacific Ship Canal Company, representada por Cornelius Vanderbilt) debía pagarle por la concesión canalera y suministrarle una parte de las ganancias obtenidas. A cambio, la compañía podía construir un camino de carruajes y llevar vapores al Lago de Nicaragua.

El gobierno inglés reaccionó afirmando el dominio británico en la región y firmó un tratado de amistad, comercio y navegación con Costa Rica. Se pretendía utilizar el río San Juan y el puerto de San Juan Norte (Vallecillo y Chavaría, 2006, pp. 7-8).

Así, la lucha entre las potencias por la construcción de un canal interoceánico estuvo al borde de una guerra. Sin embargo, estos prefirieron negociar un acuerdo canalero sin el aval de las autoridades locales, el cual se concretó en abril de 1850 con el tratado Clayton-Bulwer, en el que acordaron compartir los derechos del canal.

Con este tratado Estados Unidos afianzó su posición dominante en la ruta, pues la compañía estadounidense fue la única oferente de la concesión canalera. De este modo, el conflicto Estados Unidos- Inglaterra inclinó la balanza a favor del primero, ya que Inglaterra optó por retirar el control del puerto de San Juan del Norte.

En 1853, con la llegada al poder del presidente Franklin Pierce, los norteamericanos reforzaron su política exterior en Centroamérica, nombraron como representantes en la región a proesclavistas, quienes dieron a la compañía del canal, mayor poder contra el gobierno de Nicaragua y apoyaron mas tarde la empresa de Walker en el Istmo (Ibidem, pp. 8-9).

En suma, el forcejeo entre Inglaterra y Estados Unidos por el control de la Vía del Tránsito, provocaría problemas limítrofes entre Costa Rica y Nicaragua, además de disputas internas en ambos países, con lo que se crearían las condiciones para la llegada de los filibusteros norteamericanas a territorio nicaragüense.
El desenlace fue el desarrollo de una guerra centroamericana, liderada por Costa Rica, la derrota militar de los filibusteros, la firma de un tratado de límites, denominado Cañas – Jerez de 1858, entre ambos países y la no construcción de la vía interoceánica.

Posteriormente, el Congreso colombiano no ratificaría un tratado para la construcción de un canal en Panamá y esto sirvió de pretexto al gobierno norteamericano para alentar y apoyar las ansias separatistas de los panameños. Los acontecimientos posteriores a la intervención militar estadounidense en Panamá permitieron al gobierno de los Estados Unidos imponer al naciente país, amparado por su fuerza militar, un desequilibrado tratado para la construcción de la vía interoceánica con derechos de perpetuidad para los Estados Unidos sobre la franja del territorio panameño empleada para tales efectos (Fernández, 2004, pp. 6).

También, a finales del siglo XIX, se propició la salida de España y la llegada del Imperio del Norte, precisamente a las posesiones coloniales estratégicas de la primera –Cuba y Puerto Rico-, mediante los efectos de la guerra hispano cubana estadounidense.

Durante el siglo XIX las entidades que integraban el Gran Caribe tenían diferentes status político administrativos, de manera que coexistían jóvenes repúblicas y numerosas colonias.

En la insular solo habían obtenido su independencia la República de Haití, ex colonia francesa, y la República Dominicana, antigua posesión española.

Sin embargo, el mundo colonial era eminentemente insular; solo incluía cuatro entidades continentales: Belice y las tres Guayanas. Además, se caracterizaba por su disyunción, resultado de la presencia simultánea de diversas metrópolis -España, Francia, Inglaterra, Holanda y Dinamarca- (Borroto, 2008a, pp. 14 -15).

Debido al desarrollo económico y tecnológico alcanzado en las dos últimas décadas del siglo XIX, los Estados Unidos estuvieron en condiciones de maniobrar para predominar en el Caribe, un área prioritaria de su política exterior, debido en especial a razones económicas, geoestratégicas y geopolíticas.

Estos factores motivaron la convocatoria a la primera conferencia panamericana en 1889, uno de cuyos objetivos era incrementar el comercio con los países de América Latina y el Caribe.

Con la intervención militar -que iniciaron en Cuba y que han seguido utilizando hasta nuestros días- los Estados Unidos lograron, en cada entidad intervenida, diversos grados de dominación.

En Puerto Rico sustituyeron a España como metrópoli y en Cuba la supremacía adoptó la fórmula plattista. También utilizaron este método en países independientes -como Haití y República Dominicana-, en los que, con posterioridad a la intervención militar, perpetuaron su hegemonía (Ibidem, p. 32 y 37).

En suma, la doctrina Monroe de 1823, fue el aparato político - ideológico que utilizaron los Estados Unidos, para concretar sus aspiraciones hegemónicas en el hemisferio americano, mediante la exhortación de supuestos intereses comunes de seguridad con América Latina y el Caribe, que en la práctica fueron sus intereses de seguridad nacional, a partir de las supuestas amenazas que provenían, primero, de la presencia europea, después los países comunistas, más tarde, los Estados y movimientos terroristas.

Con ese propósito se impulsó una política exterior que se denominó panamericanismo, con características imperialistas, dirigida a la dominación de los Estados Unidos en toda América, cuestión que se evidenció en tres acontecimientos, generando desconfianza en América Latina por los métodos que fueron utilizados para conseguir sus objetivos geopolíticos, geoestratégicos y económicos.

Un primer acontecimiento fue el interés de los Estados Unidos por construir una vía interoceánica por Centroamérica, obra de vital importancia, para la expansión del comercio de los Estados Unidos, proveniente de los puertos del Atlántico con los del Pacífico. El interés por el canal y por el control de las rutas comerciales en América Latina, generó conflictos con Inglaterra (potencias comerciales en expansión). Finalmente logró su objetivo en Panamá, con derechos de perpetuidad, mediante el uso de la fuerza y la coerción.

Un segundo acontecimiento sucedió hacia 1898, debido al desarrollo de la Guerra Hispano cubano norteamericana que favoreció a los Estados Unidos. Con el desenlace de dicha guerra, se logró iniciar una preponderancia económica y estratégico militar en la contigua área caribeña, particularmente en la isla de Cuba, zona fundamental para su estrategia hacia el Atlántico. Con la intervención militar -que iniciaron en Cuba y que han seguido utilizando hasta nuestros días- los Estados Unidos lograron, en cada entidad intervenida, diversos grados de dominación.

Un tercer acontecimiento, acaeció por desarrollo económico y tecnológico alcanzado en las dos últimas décadas del siglo XIX. Los Estados Unidos estuvieron en condiciones de maniobrar para predominar en el Caribe, un área prioritaria de su política exterior.

Todos estos factores motivaron la convocatoria a la primera conferencia panamericana en 1889 en un momento de viraje, de ruptura/continuidad, dicotomía que se manifestó asincrónica y desigualmente, generando desconfianza por los métodos utilizados.

Durante el gobierno de Roosevelt (1901-1909), la política de los Estados Unidos hacia América Latina fue conocida como la política del “Gran Garrote”, caracterizada por realizar intervenciones en varios países del Caribe y Centroamérica. De tal manera, la nueva república establecida en 1902 fue una república neocolonial, en tanto se otorgaba a los Estados Unidos derecho de intervención en Cuba ante cualquier circunstancia que el gobierno norteamericano considerara afectara su seguridad nacional y por lo tanto sus intereses.

La significación del mercado Latinoamericano para las exportaciones de los Estados Unidos iría ganando significación progresivamente en las primeras décadas del siglo XX, acaparando el 15% en 1910.

El año 1920 fue un momento de gran concentración de las exportaciones norteamericanas a Cuba. Durante ese año las ventas estadounidenses fueron de 515 millones de dólares, o el 32.6% de sus exportaciones a toda la región.

La llamada política del Buen Vecino, lanzada en los años 30 del siglo XX, estaría dirigida en parte a tratar de restablecer el comercio interamericano que se había casi colapsado como resultado de la crisis económica y la caída en el mercado de capitales en 1929. De acuerdo a esta nueva política se suponía que los Estados Unidos abandonaban la posibilidad de intervenir militarmente en los asuntos internos de los países de la región con el pretexto de proteger las inversiones de los Estados Unidos (Fernández, 2004, pp. 7 – 8).

Es por ello que se distingue una constante cuyo desenvolvimiento y permanencia aporta el marco ideológico dentro del cual se definen intereses de “seguridad nacional” al sur del Río Bravo como funciones en realidad hegemónicas: la conocida doctrina Monroe, útil complemento ideológico del expansionismo e injerencismo consustanciales a la política latinoamericana de Estados Unidos en las condiciones del imperialismo.

Luego de la primera guerra mundial, la política del “buen vecino”, iniciada por el presidente Herbert Hoover y consagrada por Franklin D. Roosevelt, “continentalizan” dicha doctrina.

Así, se legítima la injerencia y supuesta salvaguardia de los Estados Unidos en América Latina –“América para los americanos”, o mejor, para los norteamericanos—constituyó, de hecho, el eje ideológico a partir del cual se conciben, definen y aplican las concepciones de “seguridad nacional” (Borroto, 2008b, p. 22).

Durante el lapso 1938 – 1954 se fueron estableciendo elementos y definiciones descollantes que estructuraron el llamado panamericanismo, como nutriente ideológico de las concepciones de “seguridad nacional” de los Estados Unidos, mediante (Ibidem, p. 24-27):

1. El enfoque mismo del panamericanismo, en términos de “unidad espiritual de los pueblos de América” (Lima, 1938).

2. La declaración de que “todo atentado de un Estado no americano contra la integridad o la inviolabilidad de territorio, contra la soberanía e independencia política de un Estado americano, será considerado como un acto de agresión contra todos los Estados que firman esta declaración” (La Habana, 1940).

3. La redefinición de que “todo atentado en Estado contra la integridad e inviolabilidad del territorio o contra la soberanía o independencia política de un Estado americano, será considerado como un acto de agresión contra los demás Estados firmantes” (Chapultepec, 1945).

4. Se desarrolló la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad Continental, donde emergía el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), precursor del sistema de alianzas regionales de “seguridad colectiva” que promoverá después Estados Unidos en otras latitudes (Río de Janeiro, 1947). Se estableció el enfoque norteamericano de los problemas de la “seguridad nacional” de América Latina, como corolario de los axiomas de la propia “seguridad nacional” de Estados Unidos.

5. La Constitución de la Organización de Estados Americanos (OEA), que vendrá a completar la institucionalización del sistema interamericano (Bogotá, 1948).

6. La definición oficial del enemigo principal de la seguridad continental: “el control de las instituciones políticas de cualquier Estado americano por el movimiento comunista internacional es una amenaza para la soberanía e independencia política de los Estados americanos” (Caracas, 1954).

Los supuestos básicos de seguridad para los Estados Unidos, aunque se habían hecho vigentes desde la formulación de la Doctrina Monroe y las proyecciones imperialistas de la nación americana, quedan estructurados e institucionalizados con la creación del sistema interamericano.

La lógica de la seguridad nacional implícita fue aplicada, con énfasis renovado, a la América Latina y el Caribe, nutriendo ello, desde Truman y Eisenhower hasta Reagan y Bush padre, una visión panamericanista, monroísta, prácticamente constante, basada en la percepción de “peligro para la penetración comunista” (Ibidem, pp. 11 – 16).

Entonces, con el desarrollo de la primera y segunda guerra mundial, además de la llamada Guerra Fría, posibilitará que la zona se convierta en geoestratégica para la defensa de los intereses económicos y de seguridad nacional para los estadounidenses. Las bases militares que se erigieron desde la costa este, pasando por Guantánamo, Puerto Rico y hasta Panamá, pusieron en evidencia dichas pretensiones.

Es decir, se siguió utilizando el Gran Garrote, oculto en la supuesta aplicación de una política de Buen Vecino, para salvaguardar dichos intereses en la región caribeña, sin importar los apremiantes problemas sociales y económicos que han existido en los diversos países del área.

Es conocido que después de la II Guerra Mundial, los Estados Unidos orientaron su atención hacia Europa y el Cercano y Medio Oriente. América Latina pasó a ocupar un nivel relativamente bajo en la escala de prioridades de su política exterior.
En el contexto internacional, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se habían conformado dos bloques geopolíticos, liderados por los Estados Unidos de América (EE.UU.) y la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Estas superpotencias se enfrentaron, a través de terceros países, en los campos político y militar durante el lapso 1945-1989, para mantener un punto de equilibrio, garantizar la supremacía (o control) sobre los países vecinos y adyacentes, además de salvaguardar los intereses económicos, políticos y de seguridad. A este fenómeno se le conceptualizó como Guerra Fría.

Paralelamente, en el lapso 1945-1980, Estados Unidos se convirtió en la potencia más poderosa en el aspecto económico y militar, puesto que aportaba el 50% de la producción mundial, controlaba un emporio energético y de materia prima, y monopolizaba la tecnología nuclear (hasta 1957).

Es importante señalar que los países satélites se hallaban inmersos dentro de la lucha Este-Oeste (EE.UU - URSS) y norte-sur (disputa entre los países industrializados y los subdesarrollados). Pero cuando los Estados satélites (o dependientes) se revelaban contra la super-potencia, esta última ideaba pretextos de diversa índole, para intervenirlos militarmente. Por ejemplo, en el momento que Checoslovaquia quiso seguir una política propia frente a la URSS en 1968, tuvo que soportar una invasión. Igual le sucedió a Granada (1983) y a Panamá (1989) con los EE.UU.

Existieron diferencias entre la dominación soviética y la norteamericana. La soviética fue directa, por que mantenía un contingente militar en el país bajo su esfera de influencia, para ejercer un control estricto en los aspectos ideológico y político (en la forma de pensar y posición política). En cambio, los Estados Unidos los endeuda para crear dependencia; pero les permitía una autonomía relativa, es decir, podían criticarlo y elegir sus propios gobiernos, siempre y cuando éstos no asumieran posiciones políticas anti-norteamericanas. Esto lo realizaban desde una perspectiva política e ideológica (Kaufmann, 1977, pp. 107 – 131).

Por ejemplo, la región caribeña tenía un gran valor geoestratégico para los EE.UU., por que era su traspatio -patio trasero- y se encontraba en las proximidades del canal de Panamá.

Aunque no se consideraba probable un ataque al Canal de Panamá, los Estados Unidos tomaron, debido a su importancia estratégica, todas las medidas para su defensa. Se estructuró una cadena de bases en el territorio de los Estados Unidos y en el Caribe, cuya principal misión era proteger las vías marítimas de comunicación.

La zona más débil era el Caribe oriental, donde no había fortificaciones. Esta zona también era importante para la defensa del Brasil, por estimarse que para el teatro del Atlántico Sur “el Caribe es clave; la posición central desde donde los Estados Unidos pueden actuar decisivamente y con la mayor movilidad estratégica”. En la perspectiva de su defensa militar, los Estados Unidos buscaron también aprovechar las ventajas que brindaba el hemisferio, en tanto almacén de materias primas necesarias para la industria de la guerra, y cuya demanda era creciente (Borroto, 2008b, pp. 9 – 10).

Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba se tornaron muy conflictivas y con serios efectos en América Latina y la región Caribe, debido a la revolución socialista de 1959. Este hecho tuvo hondas implicaciones globales, puesto que propició la ruptura del sistema de dominación impuesto por los Estados Unidos en la América Latina.

A partir de ese año la potencia del norte aplicó una serie de objetivos y tácticas, con la ayuda de gobiernos latinoamericanos, seguidores de su política, para evitar la consolidación de un país socialista a solo 90 millas de su costa y en el corazón del Caribe. Este conflicto permanece latente a través del tiempo, e influyó en la crisis revolucionaria que vivieron países como Nicaragua, Guatemala y El Salvador en la década de 1980.

En 1960 se agravó el conflicto, cuando Estados Unidos canceló la compra de azúcar a la Isla, lo que posibilitó un acercamiento del gobierno de Castro a la URSS, para su venta; esto se aunó a la expropiación de las refinerías de petróleo en manos del capital norteamericano, instaladas en este país, lo que irritó y amenazó los intereses de la potencia del norte. Con ello, se crearon las condiciones políticas, para una posible invasión a Cuba (Salazar, 1986, pp. 57 – 61).

En 1961 Castro se declaró marxista – leninista, con lo cual definió el rumbo de la Revolución Cubana, lo que obligó a la URSS a incorporarla a su bloque geopolítico, lo que era clave en la defensa de cualquier agresión externa.

En 1962 se dio la Crisis de los Misiles, debido a su instalación en la Isla, mediante el apoyo de la URSS y a la exigencia estadounidense para su retirada. El conflicto entre las potencias se resolvió cuando Estados Unidos prometió no invadir Cuba y respetar la Revolución, con lo que la URSS procedió a retirar los misiles de la Isla.

De esa manera, fue atraído el instrumental de la Guerra Fría a la región Caribeña con efectos en toda América Latina, además de que se propició una nueva política exterior estadounidense, agresiva hacia el régimen cubano, pero, a la vez, comprometida con una Revolución Social Pacífica, mediante la Alianza para el Progreso, para evitar que surgieran nuevas Cubas en la región.

El enfrentamiento entre la Revolución y la potencia del norte se agravó cuando Cuba apoyó militarmente a Etiopía, Angola –en 1977-, Nicaragua - durante el lapso 1979 – 1989-, y a los movimientos guerrilleros en El Salvador y Guatemala (Ibidem, pp. 61 -69).

Hacia 1980 los Estados Unidos perdieron protagonismo en el mundo, debido a que afrontó un proceso de crisis en los campos económico, político y militar.

Por ejemplo, este país debió enfrentar las repercusiones de la crisis fiscal y de la recesión económica mundial. Además de que Japón y Alemania Occidental (hoy día Alemania) competían fuertemente por la hegemonía económica. También la URSS la había igualado en el campo militar. En el campo político- diplomático había perdido alianzas, con países aliados (Zimbabwe, Vietnam, Yemen del Sur, Irán, Laos, Camboya, Cuba y Nicaragua).

El ascenso de Ronald Reagan (1981-1988) significó un cambio en la política exterior del gobierno norteamericano. Se procuró reactivar la capacidad productiva, iniciar un proceso de rearme militar (Guerra de las Galaxias), retomar el control estratégico con autonomía energética y detener el avance del comunismo a nivel mundial.

Con esta nueva política se intentaba recuperar los espacios políticos perdidos, para replantear favorablemente confrontaciones futuras con la Unión Soviética en áreas de mayor impacto crítico y decisorio. El gobierno de Reagan argumentaba que estaban superadas las políticas de contención, limitación armamentista y de distensión, aniquilamiento de las armas nucleares, por el expansionismo soviético (Salazar, 1987, pp. 40 -42).

La gran Cuenca del Caribe representaba escaso valor económico para los norteamericanos. Los artículos que eran producidos en esta área (especialmente los agrícolas) podían obtenerse con facilidad en otras zonas del mundo.

El interés estadounidense en la región era geopolítico y geoestratégico, por que:

a. Es una zona de vital importancia para la circulación de mercancías. El 70% del tráfico del canal del Panamá tenía como origen o destino los Estados Unidos.

b. En caso de una situación de guerra, el control de la llamada Cuenca del Caribe siempre fue una premisa prioritaria.

c. El área se localizaba en la vecindad de los Estados Unidos.

d. Esta región era asumida como parte de la cuota de poder norteamericana en el ámbito mundial.

e. Se consideraba que Cuba era el responsable de los problemas de América Latina y el Caribe, los que por vía directa y mecánica venían de la Habana y Moscú. Se le debía aislar del resto de la América Latina y El Caribe, para neutralizar los efectos de la presencia soviética en la región.

f. La administración Reagan y la de Bush sostuvieron que Nicaragua era un aliado de Cuba y de la Unión Soviética. Esto lo convertía, según su criterio, en un peligro para la seguridad de los Estados Unidos.

g. La cercanía de Honduras y Costa Rica con Nicaragua los convertía en territorios estratégicos para las pretensiones militares norteamericanas en la zona.

h. El territorio de Guatemala se encontraba próximo al estadounidense. Era poseedor de recursos estratégicos (petróleo y níquel) y se localizaba cerca de los campos petroleros mejicanos.

i. Panamá era el país más ístmico y por su canal pasaba una cantidad importante de mercancías norteamericanas.

Es por ello que la política de Reagan en la región caribeña pretendió mantener a los regímenes liberales - aliados y enfrentar a las fuerzas y gobiernos anti-norteamericanos, además de revitalizar (reavivar) sus economías en crisis para atenuar la agitación social (Salazar, 1987, pp. 43 – 48; Schulttuz, 1986, pp. 21 – 25, Granados, 1985, pp. 76-77).

Por tanto, el ascenso al poder de Ronald Reagan y su permanencia en el poder durante casi toda la década de 1980 significó la imposición de una agresiva política orientada a la recuperación hegemónica del tercer mundo, como complemento a su política de rearme en la perspectiva de enfrentamiento con la URSS. Desde su visión, la Cuenca del Caribe pasó a ser un área de primer orden, debido a los retos que imponían los acontecimientos en la zona (la existencia de régimen socialista en Cuba, el avance de la insurrección popular en El Salvador y la llegada al poder del FSLN en Nicaragua).

Al finalizar la Guerra Fría, debido a la desestructuración de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, algunos expertos argumentaron que América Latina y el Caribe caerían fuera del mapa de las preocupaciones norteamericanas en política exterior. Ellos sugerían que con la remoción de las amenazas a la seguridad y con la resolución de la rivalidad política Este y Oeste, Estados Unidos ya no consideraría relevante a América Latina.

La política de Estados Unidos hacia América Latina intentaría evitar ‘involucrarse’ excepto cuando la política doméstica haga que sea imposible evitarlo. Será una política que se centre en temas comerciales y económicos porque América Latina puede insertarse dentro del marco global de las relaciones económicas de los EE.UU.

La política de los Estados Unidos hacia el subcontinente se orientaban, bajo la administración Clinton, a la consecución de varios objetivos, estrechamente interconectados entre sí, entre los cuales sobresalían los esfuerzos por contener el aumento de la penetración comercial e inversionista de la Unión Europea y de los países de la Cuenca del Pacífico en América Latina y el Caribe; impulsar la creación del ALCA, así como acelerar la consolidación del sistema de dominación en el subcontinente, dirigido a reforzar el compromiso de las élites con los ajustes neoliberales.

El objetivo general de la política latinoamericana de los Estados Unidos ha sido salvaguardar y acrecentar sus ya considerables intereses en la región.

Los intereses de los Estados Unidos en la América Latina y el Caribe son estratégicos, económicos y políticos. Aunque desde el punto de vista de las proyecciones internacionales actuales de los Estados Unidos las prioridades de la llamada “doctrina Bush”, jerarquizan la política exterior de seguridad nacional y el enfrentamiento al terrorismo, como reacciones del 11 de septiembre, la continuación del proyecto mundial orientado a la reafirmación hegemónica, que le es consustancial, no excluye ni niega la atención al ALCA (Borroto, 2008b, pp. 31 – 33).

Los propósitos declarados de erigirse en salvaguarda de la “seguridad hemisférica”, como se ha expuesto, se fortalecen ideológicamente en la medida que la historia contemporánea de América Latina y el Caribe registra experiencias como la guatemalteca en 1954, o la cubana en 1959, que, con distintos signos, alimentan, con hechos específicos, la mentalidad estratégica estadounidense que, mediante una simbiosis del big stick, de la “buena vecindad”, de la “diplomacia de las cañoneras”, elevaban el rango de América Latina en el enfoque de la política exterior global de Estados Unidos.

Según las concepciones de “seguridad nacional” de Estados Unidos, lo que se suele enfatizar son los aspectos referidos a la seguridad externa de los Estados latinoamericanos.

Aunque la seguridad externa de los países sea un aspecto importante en su auténtica seguridad nacional, no es el único. En América Latina, este anhelo de seguridad se ha asociado, lógicamente, a la democracia, el cambio social y el desarrollo económico. Esta vinculación insistente por parte de los gobiernos norteamericanos entre seguridad interna y seguridad exterior, es lo que no ha permitido que en toda la historia política reciente de América Latina los conflictos internos hayan podido ser resueltos de forma independiente.

Desde este punto de vista, para los Estados Unidos, su dominación económica, política y militar hacia el hemisferio se definen dentro de sus proyecciones de seguridad global, supuestamente defensivas (y en realidad ofensivas) en relación con los procesos de liberación o independencia en los países del Tercer Mundo.

Como resultado del proceso de desarrollo y consolidación del socialismo, primero en Europa y luego en otras latitudes del mundo subdesarrollado, como Asia o el Caribe, al proyectar los Estados Unidos su política latinoamericana, lo ha hecho sobre la base de esgrimir durante muchísimos años la lucha contra el “peligro comunista” (Ibidem, pp. 35 – 37).

A partir del establecimiento de la administración de George W. Bush, como resultado del proceso electoral del 2000 en los Estados Unidos, y sobre todo, luego de los atanteados terroristas del 11 de septiembre de 2001, se aprecia un viraje en la adecuación del enfoque geopolítico norteamericano hacia la región de América Latina y el caribe, como parte del entorno hemisférico e internacional global.

La lógica geoestratégica, geoeconómica y geopolítica que prima en el enfoque de los Estados Unidos indicaría que nos encontramos frente a una orientación a escala regional. A partir de la misma, un conglomerado regional estaría compuesto por el NAFTA (Estados Unidos como eje, incluyendo a Canadá, México y a la Cuenca del Caribe como periferia de la seguridad de la frontera); otro sería el MERCOSUR (Brasil como eje) y un tercero estaría constituido por la Comunidad Andina (como periferia del MERCOSUR). La cuestión medular, finalmente es cómo América Latina y el Caribe, desde lo regional, se insertan en el nuevo sistema internacional.

En el marco de la relación entre los Estados Unidos, como potencia hegemónica, y América Latina y el Caribe, son comunes los temas de la droga y el narcotráfico, la corrupción, el terrorismo, los problemas del medio ambiente, la migración, la noproliferación de armamento avanzado, la seguridad nuclear, las medidas de confianza mutua, la gobernabilidad y la estabilidad. La campaña antiterrorista impulsada por los Estados Unidos parecía relegar a América Latina y el Caribe a un escalón aún más remoto en el nivel de prioridades de la política exterior estadounidense.

La agenda de política exterior cambia de acento y de prioridades y los temas relacionados con la seguridad pasan a un primer plano. América Latina y el Caribe temen, a partir del legado de desconfianza originado en la política de los Estados Unidos, que en la redefinición de la política exterior y el cambio de prioridades, los temas de la agenda interamericana en el terreno económico y comercial pasen a un segundo plano, sobre todo si se considera que el Congreso estadounidense concentrará su atención en los temas generados a partir del terrorismo (Ibidem, p. 39 – 44).

Así, tanto la frontera terrestre con Canadá y México, como la “Tercera Frontera” con el Caribe pasan a ser críticas.

Desde 1989 no se puede hablar de una política hacia la Cuenca, sino de la aplicación al Caribe de políticas globales o hemisféricas. Esas políticas giran alrededor de 4 grandes temas: libre comercio e inversiones, promoción de la democracia, política de seguridad y asuntos migratorios.


Su objetivo último es la creación de un orden internacional abierto e integrado sobre los principios del capitalismo democrático, con los Estados Unidos como el garante final del orden y sancionador de normas.

La conclusión exitosa de las negociaciones para el ALCA sin duda reforzaría aún más los lazos económicos, y probablemente también los políticos, entre los países de América Latina y los Estados Unidos y reduciría aún más los vínculos comerciales con la Unión Europea”.

En el fondo del carácter problemático de las relaciones económicas norteamericano caribeñas Está un enfoque discordante de la economía global. Como regla, los Estados Unidos sostienen el punto de vista neoliberal de que todos los países deben competir en el mercado internacional en igualdad de condiciones. Para estos países el proceso de negociación del ALCA ha sido particularmente frustrante.

Con la excepción del caso de México, la Cuenca del Gran Caribe no constituyó una prioridad para la política exterior económica norteamericana.

En la búsqueda de mecanismos que contrapesen estas tendencias de la política exterior económica norteamericana, los países de la región tienen pocas opciones. Canadá, que tiene intereses en la subregión, no tiene la capacidad de enfrentarse a los Estados Unidos salvo en aspectos que le son vitales, y parece más interesado en promover el proyecto del ALCA. La concepción neoliberal prevaleciente en la política económica exterior norteamericana general y respecto al Gran Caribe en particular, pone mucho más énfasis en el tema de las inversiones y de la protección de los intereses de las grandes corporaciones transnacionales. De prevalecer las actuales tendencias en la política económica norteamericana hacia la subregión, se estará en presencia de cada vez mayores contradicciones y dificultades (Ibidem, pp. 44 – 69).

Al respecto, en el 2001 Fidel Castro, ex – Comandante de Cuba, señalaba que

…el ALCA, en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos impuestos por Estados Unidos conducen inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos.”En palabras de Martí, la puesta en marcha de un proyecto de ese tipo “le hará mal a América” pues se trata de un proyecto que pretende institucionalizar nuestra subordinación al imperialismo forzando la capitulación de los pueblos latinoamericanos ante la potencia hegemónica. Lo que se pretende es lograr la silenciosa anexión de nuestros países a los Estados Unidos, liquidando definitivamente cualquier pretensión de soberanía y autonomía nacionales (Boron, 2002, p. 10).

A la altura del año 2008, el Contexto Internacional enfrenta un período de transición, caracterizado por tendencias al multipolarismo económico, el unipolarismo militar, la globalización, con la resultante de una creciente interdependencia (globalismo en el terreno económico, militar, medioambiental, social y cultural), hacia una tercera revolución tecnológica en un entorno interdependiente y transnacionalizado, la inmediatez de las comunicaciones, y el resurgimiento de conflictos que, aunque latentes, estuvieron sumergidos en el contexto bipolar, entre otros.

La política de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe sigue estando determinada por el factor crisis, debido a que son afectadas por serios problemas sociales: la pobreza, marginalidad, minorías descontentas, problemas étnicos, falta de justicia social, etc., Por otro lado, pasan a primer plano conflictos que estaban sumergidos en el contexto bipolar: problemas étnicos (étnico - nacional en algunos casos: Ecuador, México, Guatemala), migratorios, drogas y narcotráfico, y conflictos tradicionales, como son los relacionados con fronteras (Jaramillo e Isabel, 2000, pp. 13).

Bibliografía

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Borroto, L. T. (2008b). Una aproximación al estudio del Caribe (segmento Tema II). Madrid, España: Universidad Complutense de Madrid.

Borroto, L. T. (2008a). Una aproximación al estudio del Caribe (segmento Tema I). Madrid, España: Universidad Complutense de Madrid.

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4 comentarios:

  1. EXCELENTE PÁGINA. BUEN ANÁLISIS.

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    1. que buena pagina me gusta demaciadoo

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  2. igual mente digo yo excelente esta pagina

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